Y Nadal envejeció

Nadal, en una imagen del partido de Semifinales del Abierto de Buenos Aires en 2016. Caería derrotado ante Cuevas. Fotografía de dicen.es

Todo aquel que se considere fan de Nadal recordará una época en la que llegó a ser aburrido verle jugar. Se sabía que iba a ganar y había momentos en los que lo más práctico era ver las semifinales o mejor directamente la final de los torneos que jugaba. A lo largo de su carrera y en tierra batida, ha ganado más del 80% de partidos. En 2010 ganó prácticamente todos sus partidos jugados en esta superficie y posee el récord de victorias seguidas (81).

Con Nadal siempre se han dado cita las distinciones maniqueas propias del periodismo deportivo más superficial. “Nadal basa su juego en el físico” ha sido uno de esos grandes mantras. Pero ningún deportista de élite lo es solamente por el físico. Nadal ha sido un portento mental capaz de desesperar hasta el llanto al mejor jugador de todos los tiempos. “Nadal no tiene técnica” ha sido otra de las máximas repetidas por quiénes creían que el juego de Nadal decaería cuando su físico lo hiciera. Pero a pesar de que Nadal nunca ha sido ni será capaz de provocar la belleza y la plasticidad de Federer, su técnica poco ortodoxa es digna de estudio. Su capacidad para generar spin ha sido estudiada y copiada por profesores de tenis de todo el mundo. No se ganan 14 grand slam en todas las superficies sin tener una combinación excepcional de físico, técnica y mentalidad.

Cuando a principios de 2013 volvió a jugar tras 7 meses lesionado y muchas especulaciones acerca de su posible retirada, casi nadie dudaba de que Nadal nunca volvería a ser el mismo. El primer partido que jugó en el torneo chileno de Viña del Mar daba la sensación de que era un jugador con la mitad de movilidad que el anterior. Robotizado en sus movimientos, daba miedo verlo desplazarse. La sensación era de que podía romperse en cualquier momento. Pero Nadal se sobrepuso a aquello y terminó el año ganando dos Grand Slams más (Roland Garros y la mítica final del Open USA contra Djokovic).

Aquello fue una lección para muchos, pero sobre todo para sus fans. Más de uno ya lloraba su pérdida cuando regresó de entre los muertos para realizar una hazaña más. Nadal siempre ha demostrado una extraordinaria capacidad para cuestionar lo razonable, lo lógico, lo predecible. Su carrera siguió y aparentemente se recuperó de sus dolencias en las rodillas. En 2014 ganó por novena vez Roland Garrós. Y desde entonces ni la estadística ni los hechos parecen apoyar que pueda seguir cuestionando heróicamente el paso del tiempo.

Hay un dato que resulta demoledor y que debería hacer reflexionar a los aficionados del tenis y en especial a los fans de Nadal. Solo hay dos tenistas (Agassi y Sampras) en la historia que ha conseguido ganar dos Grand Slams con más de 10 años de diferencia. Aunque Federer ha estado muy cerca de conseguirlo también (si hubiese vencido en alguna de las finales que ha disputado desde que ganara su último Wimbledon en 2012) lo cierto es que parece algo muy complicado. El propio Federer venció por primera vez en 2003 y 9 años más tarde ganó su 17 título de Grand Slam. Sampras consiguió su primer gran título en 1990 y ganó el último en 2002. Agassi entre 1992 y 2003. Djokovic inició su carrera de grandes victorias en 2008…Aunque la longevidad no es cuestión de matemáticas, en casi todos los casos parece que 9–10 años es el máximo de tiempo en que son capaces de ganar un Grand Slam los tenistas contemporáneos (por tanto los fans de Djokovic parece que podrán tener 2 años más de alegrías).

2015 fue el año que confirmó la decadencia de Nadal. A pesar de su innegable y constante lucha, el manacorí dio signos de una debilidad impropia de él. No se trata de analizar derrotas puntuales (y habría unas cuántas que resaltar en 2015). Se trata del desarrollo de los partidos. Cediendo breaks en momentos en los que antes respondía con una determinación despiadada. Perdiendo tie-breaks que antes no se le escapaban. Siendo dominado y cometiendo más errores no forzados que nunca.

Las teorías para esta situación son múltiples y hay mucha literatura. El propio Nadal ha dicho que 2015 fue un año donde por primera vez se sintió frágil mentalmente. La famosa expresión que muchos ex-tenistas usan como comentaristas televisivos cuando describen ese miedo como que “se te encoge el brazo” es una buena definición de lo que ha podido ocurrirle en parte a Nadal. Pero no es solo mental. Es obvio que Nadal no es el mismo jugador que antes físicamente. Y también parece evidente que cuando llegas 0.1 segundo más tarde a una bola, la heterodoxa técnica que antes funcionaba tan bien, ahora no es tan efectiva. La decadencia de Nadal es una combinación de factores físicos, mentales y técnicos.

Pero de todas estas teorías, hay una que es la más dolorosa pero también la más humana. Nadal se ha hecho viejo. El tiempo ha pasado y por fin ha dejado de ser el eterno joven guerrero que llegaba a todas las bolas y desafiaba todas las situaciones más inverosímiles para ganar, ganar y ganar. Desde luego, el futuro no está escrito y no es la primera vez que Nadal se reinventa y es capaz de batir récords. ¿Será capaz de sobreponerse y ganar su décimo Roland Garrós 11 años después de que ganara el primero? Quién sabe. Mientras tanto, tanto a él como a sus fans más les vale asumir que Nadal ya no es quién era. Nadal ya es un veterano y es desde ahí desde donde debería reinventarse. Asumiendo la vulnerabilidad y la debilidad del jugador del que no se espera que gane porque está mayor.

Y eso solo podrá ocurrir de dos maneras: o perdiendo tantas veces seguidas como para que su nueva condición sea ya evidente. O si sucede algo en su vida no relacionado con el tenis que le haga sentir que aunque sea viejo en el tenis, aún puede ser joven en muchos otros sentidos y aspectos de la vida.

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