Un domingo cualquiera

Lo que se ve desde mi casa un domingo cualquiera

Los domingos suelen ser un día pésimo para mi estado de ánimo. Es un día en el que repaso, la mayoría de veces sin quererlo, todo lo que no hice la semana anterior. Así, emerge ante mi en forma de montaña de tareas inacabadas que crece y crece de cara a la semana siguiente. El domingo es un poco como abrir la bandeja de entrada del email: siempre hay más cosas que hacer, nunca es suficiente. También es el día en el que suelo pensar todo lo que pude hacer y no hice. Como si se reunieran todos los domingos de mi vida (que son 2033 los que llevo, me lo ha dicho esta curiosa web) para recordarme quien pude ser y no soy. Pero este domingo en concreto empezó bien.

A las 00:01 (aunque se sabe que eso pertenece legítimamente al ‘sábado noche’ y no al domingo, pero bueno) estábamos en casa de unos amigos. Habíamos quedado para ir al parque por la tarde. Era la primera vez que íbamos las cuatro (Sofía, las dos niñas A. y J. y el menda) ‘tan lejos’ desde que empezó la cuarentena. Hicimos un picnic y luego cenamos en su casa. La niñas terminaron dormidas en el sofá y nosotros nos pusimos al día. Fue muy guay pero como en casi todos los reencuentros post-pandemia, no poder darte un abrazo y liberar la tensión de estos meses lo hace todo un poco más rocoso.

Llegamos a casa a las 3 de la mañana. En otros tiempos, esa es la hora de llegar ciego y de haber acumulado alguna historia graciosa o algún baile bien echado. Ahora esa estampa es la de dos adultos que luchan por mantenerse físicamente en forma y que se ven sometidos a una prueba que desde fuera debe verse con ternura y patetismo: coger los cuerpos inmóviles de dos niñas de 3 y 6 años dormidas y llevarlas del coche a la cama a pulso, previa maniobra de abrir la cancela del portal, el ascensor y la puerta de casa. Ríete tú de los burpees.

Luego nos dormimos. A mi me tocó como casi siempre últimamente en la cama supletoria que pusimos para A. pero que finalmente se ha impuesto como mi cama en esta especie de invasión o ‘colecho-a-la-fuerza’ en que se ha convertido nuestro descanso durante la cuarentena. Por primera vez en muchísimos días decidí no poner la alarma. Sentía que la semana había sido lo suficientemente intensa y que probablemente mi cabeza soportaría mejor el domingo si descansaba más horas.

Nos levantamos tardísimo, pasadas las 11:30 de la mañana. Como casi siempre cuando duermo más de lo previsto, me levanté empanado. Sofía hizo café y yo ayudé a las niñas en el baño. Llevo casi toda la cuarentena haciendo algo de ejercicio casi a diario. Últimamente de hecho me levanto sobre las 7:15 para ir a andar y luego hago una tabla que yo mismo he ido construyendo en un copy-paste de vídeos de YT que se dedican a publicar contenido sobre el tema y cogiendo lo que más me gusta (si alguien la quiere que me escriba y se la paso). Hoy no iba a ser ese día y me estaba costando arrancar.

Justo cuando el café empezó a ayudarme a entrar en el día recuerdo dos cosas: que hoy venía una prima de A. y J. a pasar el día a casa (viven cerca y tenemos contacto casi a diario, por lo que forma parte de nuestra nueva normalidad) y que, desde que curro los sábados, los domingos se han convertido en el día de la limpieza. Todo esto viene porque para intentar optimizar las horas, nos repartimos la semana de forma que Sofía hace trabajo remunerado lunes, miércoles y viernes de 9 a 15h y yo lo hago en el mismo horario los martes, jueves y sábados. Luego alternamos las tardes. Total, que “el día libre” (LOL) es “el día de la limpieza” (doble LOL). Cuesta. Pero al terminar se agradece. Solo que hoy parecía que iba a pesar más de lo normal.

Otra de las cosas que suelen pasarme los domingos es que mi mente realiza redadas constantes sobre cuestiones que me obsesionan. En este caso, una conversación del sábado me había dejado pensativo sobre una cuestión que terminaría por atormentarme parte del domingo: ¿Es posible que haya pasado por alto que caricaturizar a un político de derechas travistiéndolo sea homófobo? Evidentemente la respuesta a simple vista está clara. Pero considerando que había escrito sobre la campaña de las fans del Pop Coreano atacando a Vox, el error me preocupaba más que si fuera algo en un ámbito privado.

Por un lado he leído (y está referenciado en el texto) que las kpopers han defendido de ataques homófobos y racistas a algunas bandas. Pero por otro lado también he visto que la situación de la comunidad LGTBI en Corea del Sur no es sencilla. Luego está lo evidente: no siempre el luchar contra un opresor mayor te exime de cometer sin querer una opresión con respecto a alguien más pequeño o más débil (políticamente hablando). Total, una angustia más para mi domingo y ya tocaba ponerse a pasar la aspiradora. Envío varios mensajes a personas con las que tengo una confianza media pero cuyo criterio me parece el adecuado y espero que no consideren que soy un cuñado por hacer estas consultas en vez de currarme una investigación por mi cuenta.

La visita de la prima de A. y J. tiene un trasfondo interesante: las cosmovisiones sobre cómo convivir empiezan a manifestarse muy pronto. Las formas de jugar determinan una manera de estar en el mundo: debe haber espacio para el caos y el desorden pero también para la lógica, el pensamiento secuencial y el orden. A mayor número de niñes, suele primar lo primero. Por eso, Sofía y yo pensábamos que podía ser una buena idea generar este espacio entre A y su prima: de sosiego e intimidad. Suelen rivalizar por la forma de jugar en grupo pero también porque ambas son niñas con carácter. Nos apetecía generar ese espacio pero se hacía un pelín cuesta arriba hacerlo justo tocó en domingo de resaca (permitidme llamarle resaca aunque apenas bebiera, pero al final esto es ‘salir un sábado’ para mapadres camino de los 40 en medio de una pandemia) y con limpieza de por medio.

Se aproxima la hora de comer y la batalla del jabón va con retraso. De lo que suele tocarme, el baño, no va a dar tiempo. Al menos hemos conseguido doblar casi todo la ropa limpia (que desde que entra el calor en Sevilla el reto no es poner lavadoras sino doblar, dado que se seca muy rápido). Y hay varios dormitorios que ya están listos. Pero bueno, estoy mentalizado de que no va a dar tiempo de hacerlo antes de comer. Me motiva pensar que hoy toca lasaña. Sofía la ha perfeccionado a niveles de restaurante últimamente.

Echo un ojo a las imágenes de las manifestaciones antirracistas que hay por todo el país. Me alegro mucho de ver que hay mucha gente aunque sé que habrá críticas por las aglomeraciones. Pienso en decir algo en Twitter pero me entra un miedo que cada vez es más habitual en estas situaciones. Ya sé que ya debería estar superado y que es de 1º de activismo en redes, pero a mi se me atraganta cada vez más: pienso que decir nada será mejor por no ocupar un espacio político que no me corresponde. Luego pienso que igual algunos de mis amigos que están en primera línea igual se extrañan. Tampoco les pregunto ni los hablo con ello porque por un lado sé que lo disculparían pensando en que bastante tenemos con la crianza y por otro lado sería darles un motivo para trolearme por cuñao.

Comemos y aún sigo intranquilo por lo del artículo. He visto en Twitter varias respuestas en las que aparentes seguidores de Vox o similares (aunque con el auge de banderas nacionales en perfiles de izquierdas es más confuso saber quién es quién ahora) critican a personas que defienden el artículo al decir que las imágenes de Abascal caracterizado como una princesa son homófobas. Realmente no sé si la homofobia les preocupa o simplemente es un talón de aquiles por donde atacar a quién ataca la derecha.

No es la primera vez que me meto en un lío en Twitter y la verdad es que la posibilidad de haber cometido un error tan básico me pone nervioso. Dos personas que ostentan privilegios parecidos a los míos me contestan que no me raye. Sigo esperando algunas respuestas de otras de las personas a las que pregunté cuyo criterio me parece importante porque han vivido la homofobia en primera persona. Aún así, intento mentalizarme de que no puedo dejar que eso capture mi tarde de domingo.

Las niñas se quedan viendo una peli y Sofía y yo seguimos limpiando. Habitualmente me ocupo de la cocina, el baño y fregar algunos cuartos. Me gusta limpiar con agua. Supongo que porque el polvo me da alergia. Limpiar una cocina que no es nuestra (guiño-codazo para seguidores de la anterior temporada de nuestras vidas) suele darme mucha paz. Lo suelo hacer 2 o 3 veces al día. La idea de que la cocina esté limpia y ordenada y sea el eje sobre el que bascula el equilibrio doméstico ha terminado por convertirse en un mantra familiar. Salón y cocina son bastiones del bienestar casero.

En la radio últimamente y gracias a las recomendaciones de Elena me pongo podcast. Son una forma de paliar la inseguridad que me genera no estar leyendo. Muchas veces pienso que es increíble y con lo que hemos criticado a la academia y sus absurdas inercias que aún a mis 38 años no sea capaz de superar una inseguridad tan tonta como esa: como si otros tipos de conocimientos y aprendizajes que vamos acumulando que no proceden de lecturas no fueran igualmente válidos. Pero bueno, en la radio también escucho cosas banales de las que aprendo poco, como cuando escucho Libre y Directo, de Cadena SER Sevilla.

Justo ayer era el día en que se tenía que haber jugado la final de Roland Garros. Muchos de los que me conocen bien saben que Rafa Nadal es mi deportista preferido. También saben que soy capaz de disociar al tenista de la figura pública y que he llegado a escribir públicamente sobre por qué es bueno que relativicemos su figura socialmente hablando. En Carrusel Deportivo ponen un especial de los 12 títulos. El guión y la edición me recuerdan a Acento Robinson. De repente y mientras friego platos y reorganizo la nevera, repaso mentalmente donde estaba en cada uno de los Roland Garros de Nadal. Es como si el montaje del reportaje me fuera trasladando a ese paso del tiempo y de repente me apenara muchísimo que ese domingo no hubiera Roland Garros.

Termino de recoger la cocina y coincide conque están narrando la última de las finales. Todo esto me conecta con una filia que reconozco infantil, de esas en las que el juicio se suspende y te entregas dejando salir al fan acrítico y apasionado. Es una cosa que respeto mucho en los demás: como quien escucha a Depeche Mode, ama Star Wars, se rige por Silvia Federici y lo flipa con Jorge Lorenzo…ese tipo de combinaciones de gustos, intuyo, nos hace más imperfectos, criticables, pero también más humanos. De repente pienso, ¿y si ya no veo jugar más finales de Nadal? Esta pregunta que a muchos seguro que les parece absurda, me rompe. Y empiezo a llorar.

En una casa donde hay 4 personas conviviendo el llanto también está confinado. Soy descubierto pronto y recibo un abrazo que me reconforta. Sé que no lloraba por Nadal o por Roland Garros. Sino porque era un instante para tomar conciencia de la magnitud de lo que está pasando. Hay muchos momentos donde me pongo el mono obrero del ‘sigamos’ y no me permito el lujo de pararme a pensar qué ha pasado o qué pasará. Afortunadamente el llanto me ha sentado bien, creo que será bueno para mi colon irritable y quizás mañana pueda tomar 20mg en vez de 40mg de omeprazol.

Me dirijo a los baños. Si la cocina es el bastión diario, el baño es el semanal. Limpiar el baño es una batalla que libro con determinación. Y con música chunda-chunda. Echo de menos Máxima FM, era la mejor compañera de viaje para limpiar el baño. Pero quienes me conocen me regalaron un altavoz bluetooth pequeñito y el DJ de Ibiza me posee para pinchar tralla-malaya que me de energías. Sofía se queja (con razón) de que tardo en limpiarlos demasiado. Tiene razón, pero los limpio a conciencia. Una de las cosas que hago es pasar una servilleta húmeda por el suelo para recoger todos los pelos y polvo. Por cierto, ¿a vosotros os gusta la lejía para limpiar? Detesto el olor. Sé que será peor pero prefiero los productos de color azul (específicos para limpiar baños) con fragancias agradables.

Cuando termino con los baños las niñas ya han terminado de ver la peli. Es una suerte esa edad donde cuando se juntan con otras niñas y son relativamente autónomas en el juego. J. aún es muy demandante, no llega a entrar en los juegos narrativos de las mayores…pero cuando son varias, va ocupando sus espacios como puede. Y así pasan los minutos. Y esos minutos son fundamentales porque, aunque desordenan un cuarto que estaba limpio, nos permite a los adultos repartirnos en dos tareas diferentes. En este caso Sofía prepara la merienda mientras yo termino de fregar el último de los cuartos.

Hago una pausa y miro Twitter de nuevo. Esta vez me encuentro con mensajes que son cada vez más frecuentes: personas que sigo (y admiro, respeto) enviando mensajes en defensa de las mujeres trans. Al verlo pienso muchas cosas. La primera siempre es: ¿cómo podría ayudar? ¿Digo algo? Hace poco nombramos como Alana a una de las piniponas y le explicamos a A. qué es una mujer trans. Cuando hacemos estas cosas no sé si seremos juzgados en el futuro como padres propagandistas. Pero hay líneas rojas en nuestra crianza: el antirracismo y el feminismo trans-inclusivo lo son. Pero hacerlo y decirlo no es lo mismo. Si me imagino a mi mismo poniendo en Twitter, siendo quién soy (hombre, blanco, hetero, cis), “El antirracismo y el feminismo trans-inclusivo son fundamentales en la crianza de nuestras hijas” pues me suena un poco patético. Eslogan aliade, ¿no?

Que no se me malinterprete: los temas son fundamentales e importantísimos. Quizás de los más importantes ahora mismo en nuestros contextos sociales y políticos. Pero, ¿quién soy yo para pronunciarme sobre esto? Luego veo a otras personas como yo que lo hacen con naturalidad y contundencia y no sé si realmente estoy equivocado y debería alzar mi voz o simplemente que no se puede estar en todas partes y luchar con la misma intensidad porque el statu quo puede ser cuestionado desde muchos lugares y momentos diferentes. Unos son más visibles que otros pero todos hacen falta. ¿No? No sé, toca seguir limpiando.

Me acuerdo cuando era más joven y prefería las noches para casi todo. Ahora mi cuerpo es como una batería de móvil: conforme avanza el día se va agotando. Y cuando llega al final y queda un 20% corro el riesgo de que un sobre-esfuerzo me deje con el 5%. Cuando eso pasa se suelen abrir las puertas a lo que terminó pasando en nuestro domingo: una vez que la prima se fue y bañamos a las niñas: PEDIMOS PIZZA.

Es increíble lo relacionado que está comer sano con la precariedad, ¿eh? Es decir, no descubro nada nuevo y por favor que se me perdone el enésimo tertulianismo pero…cuando uno tiene tiempo para comprar y cocinar sano, se come mejor. En mi experiencia, la debilidad de abandonarse a alguna guarrería culinaria suele estar intrínsecamente relacionado con tener el cuerpo y la cabeza ya en la UVI. No siempre, pero casi siempre.

Da un poco igual lo que cenemos, porque los fines de semana de la cuarentena han tenido algo que recordaré siempre. Dentro de la intensidad tan loca que ha supuesto esta convivencia extrema, este modelo hiperbólico de crianza y este campamento 24/7, dedicar tantas horas a desayunar, almorzar y cenar juntas ha sido algo maravilloso. Todo esto ha hecho que nos cuidemos como solo sabemos hacerlo en mi pequeña unidad familiar: con intensidad. Para lo malo pero sobre todo, para lo bueno.

Las niñas por fin se duermen. Para ellas no hay tanta diferencia entre domingo o lunes. Aunque A. sí lo distinga porque entre semana sigue teniendo que dedicar tiempo a algo que si antes ya estaba desgraciadamente desfasado, ahora el Coronavirus lo coloca ala cola de las prioridades de una niña de 6 años: los deberes (sin apenas adaptación curricular, yeah). Nos quedan por delante un par de horas más. Veremos algo, ¿un capítulo de Mrs. America? ¿de Insecure? ¿Las series sirven como los libros? ¿Las series sirven de algo para el activismo? No sé si son droja o son emancipadoras. Da un poco igual a estas horas.

Nos vamos a la cama y ubico mi lugar (la cama supletoria). Sofía y yo nos damos las buenas noches. Ya es técnicamente lunes (porque entre insomnios y arritmias vitales, no nos dormimos antes de la 1). Miro el móvil por última vez. Me ha contestado uno de mis amigos: “Las imágenes de vestir de mujer a hombres para ridiculizarlos suelen ser consideradas homófobas…” es su primera frase. Me da más detalles y no es duro en su crítica, pero mi obsesión del domingo hecho de domingos que me recuerdan lo que no soy se cierra con un: la he cagado. Me quedo triste pero miro a mi lado, pongo la alarma a las 7:15, agarro con cuidado la mano dormida de A. y me emplazo a mañana. A un lunes cualquiera.

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