No fueron los cojones: fue la cooperación

La selección española de Baloncesto, tras proclamarse campeona del mundo

Una de las razones por las que me gusta el deporte es porque hay momentos donde puede verse lo que un equipo significa en su máximo esplendor. Sigo muchos, pero sobre todo ahora mismo me mantengo informado de tenis, padel y fútbol. Sigo de reojo otros como ciclismo, balonmano o atletismo. Estos días he seguido, cómo no, el mundial de Baloncesto.

Muchas de las reacciones en redes sociales hablando de las razones por las que la selección española había ganado un mundial mencionaban “los cojones”. Para no dar por hecho cómo traducimos esto (aunque la mayoría se haga una idea), hagamos un ejercicio de abstracción: ¿de qué valores hablamos cuando decimos que, en deporte, alguien le ha echado cojones?

Por lo que yo entiendo es: 1. arrojo: no acobardarse en los momentos clave y elegir opciones que aún pareciendo arriesgadas pueden ser clave para ganar 2. resiliencia: aguantar si la competición se vuelve exigente física y mentalmente 3. lucha: responder a las adversidades con el deseo y la voluntad radical de revertirlas 4. fe: seguir creyendo que es posible ganar aunque por momentos parezca que no y 5. determinación: actuar de forma decidida en momentos de la competición donde no se puede dudar. Son complementarios y hasta redundantes. Pero, ¿a qué no suena igual que decir: “le echaron cojones”?

Los movimientos feministas y LGTBI+ no nos hacen leer de la misma forma ciertas expresiones. Es evidente que Carolina Marín tiene arrojo, resiliencia, lucha, fe y determinación cuando compite. Pero no tiene cojones. Físicamente no los tiene, vamos. La cuestión es que, al margen de esta puntualización semántico-política no creo que la clave fueran solamente esos valores que tradicionalmente asociados a los hombres y especialmente a los deportistas españoles (La Furia, han insistido en llamar los periodistas a la selección española de fútbol aunque los jugadores lideraron el ciclo glorioso fueran poco rudos y más bien técnicos…).

Dejando en suspense lo que Nacho Lorente denuncia cuando dice “por más que sea campeona del mundo de baloncesto, es una gigantesca cuneta” y aceptando que en ocasiones podemos dejar en pause nuestro juicio crítico para celebrar una victoria deportiva sin que eso nos haga menos sensibles a las injusticias sociales que hay en nuestro país (también somos campeones del mundo en precariedad laboral o en desahucios), en mi caso se produce una disfunción fuerte entre el universo del deporte profesional y mi universo profesional.

Esquema realizado por Sofía Coca para Pedagogy of Care.

Pongamos como ejemplo este esquema que hizo mi compañera (de trabajo y de vida) Sofía para el proyecto de Pedagogía de los Cuidados. En un lado tenemos un modelo cuyo eje es el capital: es competitivo, fomenta la verticalidad organizativa, la acumulación (de recursos y de conocimiento) y el valor está marcado por el precio de mercado. Es un modelo que abraza el individualismo.

En otro lado tenemos un modelo en el que el cuidado está en el centro. Que reconoce nuestra vulnerabilidad como individuos y nuestra interdependencia como sujetos que forman parte de entramados sociales en los que la clave es la solidaridad, donde se fomenta la redistribución de recursos, roles y conocimientos, que trata de generar procesos democráticos para la toma de decisiones donde las ideas fluyen de forma horizontal, abierta y transparente.

Desde luego, los modelos enfrentados de forma aislada no sirven para abordar un debate complejo y matizado: en las grandes corporaciones que nunca cuestionarían el capitalismo hay cooperación y en los espacios pretendidamente horizontales hay también relaciones de poder y jerarquías ocultas. Para lo que sirve el esquema es para entender cuáles son los valores que abrazan dos formas de concebir el mundo: una es la que rige nuestras vidas, otra es una alternativa. Pero ambas conviven todo el rato. ¿Dónde están ‘los cojones’ usando estos modelos? ¿Por qué ganó España el mundial de Baloncesto? Mi tesis es la siguiente: si hubo algo clave fue el equipo. Y un equipo no funciona sin cooperación, solidaridad, redistribución de roles…

Muchas veces he defendido que los deportes individuales también cuentan con el apoyo de un equipo: Nadal tiene tras de sí a mucha gente: entrenadores, fisios, nutricionistas, etc. Pero es cierto que, a la hora de competir, solamente están ellos. En el fútbol hay equipos. Pero también es uno de esos deportes donde puede darse la anomalía de que uno tenga más posesión, genere más oportunidades de gol e incluso juegue mucho mejor…y pierda en el último minuto con un gol de rebote del rival.

En Baloncesto es diferente. Aunque haya casos de jugadores que han llevado el peso de un equipo (el anotador, el reboteador, en asistencias, tiros libres, etc.) ningún jugador ‘gana solo’. De nada sirve que alguien meta tres triples seguidos…si no se cogen los rebotes en defensa. Los bloqueos, los pases, las jugadas combinativas. La concentración y la comunicación en defensa. El ba-lon-ces-to (como lo bautizara Pepu Hernández al inicio de esta etapa increíble de éxitos deportivos) es un deporte de equipo. De coberturas al compañero. De apoyo mutuo.

Así que, tal y como sucediera cuando ganamos en fútbol, rara vez un equipo gana sin tener arrojo, fe o lucha. La novedad es que ya no somos simplemente eso. No sería justo proyectar una imagen de ‘lo español’ formada por esos valores. Los equipos que han triunfado en fútbol y baloncesto tienen otras características que en ocasiones nos acercan más a otras disciplinas muy distintas: ahora tenemos la precisión de una cirujana, la destreza mental de un investigador matemático, la inteligencia táctica de una buena gerente, la sensibilidad de un maestro de escuela o la creatividad de una artista. Igual ya no somos solo gladiadores sino también bailarines. Y sobre todo, un gran equipo.

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