Mi ídolo no estaba allí

Vo-lei-bol

Me gusta el deporte, lo sigo y lo practico con pasión. No me considero un gran comunicador pero me encantan las historias. Entenderlas y divulgarlas. En algún lugar entre Tomás Roncero e Informe Robinson creo que podría colarme si me dedicara al periodismo deportivo. Además llevo entrenando un tiempo la escritura.

He comparado a Iniesta como un bailarín entre gladiadores y cómo eso podría cambiar la noción que tenemos de país. También he reflexionado sobre cómo no ser Michael Jordan a la vez que me rindo a la fascinación del personaje. O rescatando una enseñanza laica que hay tras las victorias de Nadal. Lo que ocurre es que en casi todos los casos hablo de los mejores del mundo. Que son ricos y famosos, cómo no.

El deporte profesional es una élite que genera un polo de atracción muy perverso en ocasiones. Es la aspiración constante para quien se inicia. Y el porcentaje de los niños o niñas que consiguen llegar, sorteando lesiones, invirtiendo vidas enteras y combinando esfuerzo encomiable con azar, es muy bajo. Para los aficionados es un espejo cruel de cómo deberían hacerse las cosas. Una imposibilidad constante. Además, no existe la clase media del deporte: ¿te imaginas recibir subvenciones por competir en tu deporte preferido? ¿o cobrar un humilde sueldo por poder competir en una Liga municipal? Es evidentemente una quimera.

Reconozco pues, con cierta culpa, que se me van los ojos por los que mediáticamente son los mejores. ¿Es heroico que Nadal gane 20 Grand Slams? Sí. Pero el de Manacor es un privilegiado que cuenta con muchísimos profesionales contratados a jornada completa a su alrededor para solucionar cualquier problema que tenga: físico, táctico, psicológico, mediático…

No se me ocurriría minusvalorar los logros de uno de los mejores deportistas de la historia de este país. Pero sí creo que quizás en el periodismo deportivo hace más falta poner el foco en los lugares algo menos lustrosos: equipos de mujeres futbolistas de primera división que viajan siempre en autobús, ciclistas que se juegan la vida para entrenar entre coches y no tienen seguro médico, triatletas que tienen que entrenar en lagos helados…o la cantidad de deportistas amateur que hay y que lo hacen sin nada a cambio.

Hoy vengo a compartir una idolatría que busca enmendar mi falta de relatos públicos sobre deporte lejos de los focos. A hablaros de una de esas estrellas que no van a acaparar ninguna portada pero que son capaces de inspirarme de la misma forma que lo puede hacer Iniesta, Michael Jordan, Carolina Marín o Serena Williams.

Se trata de una persona que dejó de jugar a su deporte preferido a los 18 años. Su vida siguió. Tuvo su primera hija y estuvo a punto de morir en el parto. Tuvo su segunda hija superando el miedo de que volviera a repetirse un episodio. Tiene un trabajo precario y aún así es una madre ejemplar.

El pasado mes de Enero le hicieron una encerrona: como regalo de cumpleaños la invitaron a un entrenamiento de un equipo amateur de ese deporte. Hacía 20 años que no lo practicaba. No entró de buena gana. Y es normal. Imaginaos entrar en un entorno social absolutamente desconocido, rodeada de chicas que son entre 15 y 20 años más jóvenes que tú “en plan”, muy atléticas algunas. Fue de las mejores del entrenamiento. Y al día siguiente quería meter su cuerpo en el congelador, eso también.

Han pasado las semanas y las dificultades para practicar su deporte preferido se han hecho evidentes. No hablamos de la habitual metáfora: es como montar en bici. Hablamos de uno de los deportes más exigentes que existen físicamente. El voleibol. Visita al fisio para analizar un dolor en el glúteo medio. Calambres en la zona lumbar, tipo ciática. Molestia en la planta del pie que hace sospechar de una fascitis plantar. ¿Es esto una tendinitis rotuliana? ¿Y estos 5 moratones en los brazos y manos? ¡Eso tan solo en 6 semanas!

Lidiar con estos dolores y seguir con una adulta no es tan fácil como parece. No es solo una sanidad pública que no acoge la fisioterapia (mucho menos en un contexto post-covid). Un deportista profesional puede incluir el descanso absoluto o la recuperación como parte de su día a día. La jornada laboral de una madre de dos niñas que además trabaja “fuera de casa” (aunque ahora sea en modo teletrabajo) se extiende durante todo el día. Vestir a las niñas antes de ir al cole, hacer de comer, doblar la ropa, contestar emails, atender reuniones en videollamadas, bañar a las niñas, contarles un cuento, acostarlas…además de los N temas que generan carga mental.

La conciliación laboral en este país sí es heroica. No es un deporte, desgraciadamente. Cualquiera que pretenda atender de forma digna crianza, trabajo doméstico no remunerado y trabajo profesional remunerado…lo tiene jodido. Es muy complicado no sentir que en alguna de estas facetas no se está siento lo suficientemente capaz y solvente. Y es un problema sistémico, estructural. Que al final se traduce en que lo fácil es no practicar ningún deporte. Porque la gymkana diaria es tan intensa que solo con eso muchas familias ya merecerían medallas olímpicas.

Así que en ese contexto, haber seguido manteniendo una rutina de entrenamientos y superar los tapujos iniciales de comunicarse con un grupo de veinteañeras desconocidas, la cantidad de dolores con los que el cuerpo acumula y sobre todo, hacerlo posible dentro de lo precaria que es su vida…para mi es motivo de absoluta admiración.

Escribo esto con la doble convicción de que hoy sus hijas no son conscientes de esta heroicidad…pero que quizás podrán leer esto más adelante para entender porqué los ídolos no siempre están lejos. A veces están cerca. Tan cerca como que están aquí. Sentada a unos metros de mi mientras escribo esto.

La mujer que protagoniza esta historia se llama Sofía Coca Gamito y vivo con ella. Es la madre de nuestras hijas Ada y Jara y perdonadme, su vuelta a los terrenos de juego está a punto de producirse y no pienso perdermelo. Porque ¿quién se perdería un partido de su ídolo?

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